Ruperto Long – escritor, ingeniero y político- acaba de presentar “La niña que miraba los trenes partir” (Aguilar Ediciones). Se trata de una novela que enlaza cuatro historias de vida en medio de los tumultuosos años 40. La publicación ya ha alcanzado la tercera edición y, al decir de Marcos Aguinis, es “una obra conmovedora, llena de luz”. Long contó a Voces cómo surgió la novela y cómo fue el proceso de escribirla.
Charlotte, una niña belga de ocho años que desaparece en Lieja, ciudad ocupada por los nazis. Alter, su tío, que es obligado a trabajar en un gueto donde Hitler confina a los judíos. Dimitri Amilakvari, un militar francés de origen georgiano. Domingo López Delgado, un soldado uruguayo que se enrola como voluntario en las fuerzas de Francia Libre y es destinado a la Legión Extranjera en el norte de África. En torno a estos cuatro personajes gira el relato de Ruperto Long, que fluye entre recuerdos de historias de amor reales que enfrentaron la xenofobia, las persecuciones, las migraciones y todos los horrores de la Segunda Guerra Mundial.
Long es autor de cuatro libros: “Piantao. Balada para Horacio Ferrer” (2014), “No dejaré memorias. El enigma del Conde Lautreamont” (2012), “Hablando claro” (2009) y “Che Bandoneón” (2002). Fue condecorado con la Orden de las Artes y las Letras de la República Francesa en 2013.Dos años más tarde recibió la Medalla al Mérito Juan Zorrilla de San Martín. Ha recibido distintas distinciones, como por ejemplo el Premio Eslabón Solidario por su apoyo a las personas con discapacidad, el Premio Jerusalén, el Premio World Trade Center, el Premio Morosoli y el Premio Génesis. Fue senador, presidente de UTE y presidente del LATU. Actualmente es ministro del Tribunal de Cuentas.
Se lo identifica públicamente como político, además de que es ingeniero. ¿En qué momento de su vida empieza a asomar en usted el escritor?
Es que siempre hice al mismo tiempo las tres cosas. Escribí toda la vida. A los 18 años entré a la Facultad de Ingeniería y al mismo tiempo, luego de las elecciones de 1971, Wilson (Ferreira Aldunate) hizo un semanario de opinión nacionalista y a mí me encargaron una página, que a veces eran dos, sobre el tema Universidad. Ahí empecé a escribir, hacía algún reportaje. Así estuve hasta que la dictadura lo cerró. Esa fue mi primera incursión en tener que escribir algo. En la dictadura hubo intentos como la revista “Propuesta”, donde escribía artículos más de fondo, pero que también la cerraban (risas). Con el retorno de la democracia escribí notas sobre temas políticos, siempre con un sesgo técnico. Luego participé de algunos libros colectivos.
¿Cómo da ese salto de escribir artículos a escribir textos literarios?
Con mi libro “Che bandoneón”, de 2002, que me llevó tres o cuatro años. Es una mezcla de todo, desde autobiografía hasta novela y ensayo. Está permanentemente el tema del desarrollo, mezclados con historias noveladas. Luego escribí “Hablando claro”, que es más de pensamientos. Y finalmente mi primera obra ya puramente literaria que es “No dejaré memorias”, del 2012, que es un intento de recrear a través de una historia novelada la vida de un gigante de la Literatura Universal como fue el Conde de Lautreamont, del cual se sabía y se sabe muy poco. Junté lo que se sabía y le di una forma que tuvo muy buena acogida. Y se necesitaba porque hay mucho análisis literario sobre él, pero muy poco sobre su vida. Luego vino “Piantado”, una biografía con incursiones novelísticas. Y este que acabo de publicar, que si ben es una novela, está inspirado en hechos reales. Pero es esencialmente una novela.
En cada uno de sus libros aborda temas muy distintos. ¿Qué tiene que tener un asunto para que le dispare hacer un libro sobre él?
Diría que un común denominador es que tiene que ser algo o alguien que me despierte una cierta dosis de admiración. De sorpresa. Tal vez uno piense que le pueda llegar a generar lo mismo al lector. El Conde de Lautreamont, Horacio Ferrer, esta niña belga, el soldado uruguayo que va a pelear a la Segunda Guerra Mundial, etc., son todos personajes que me hacen decir “¡qué vida tienen, tan interesante, tan rica!” Me despierta la curiosidad de saber qué hay detrás. Y además en todos las casos hay una historia real donde es difícil saber dónde termina la realidad y empieza la novela.
¿Le requiere un trabajo de campo amplio en cada caso?
En todos los casos. Hay escritores que el trabajo de campo los desanima. Me lo han dicho varios. En mi caso es al revés, me lo tomo como un desafío. Y cuanto más difícil sea acceder a un lugar, más me gusta.
¿Y cómo fue ese proceso en este libro?
Fue mucho el trabajo, porque implicaba recrear una época muy delicada, con una sensibilidad a flor de piel. Por todo lo que sucedió y con cosas que incluso se proyectan hasta el día de hoy. No solo buscar algo de la vida de las personas que están y de los que no están, que murieron durante y después de la guerra, sino también tratar de entender esa época. Lo que pasó en Francia, Polonia, Suiza y lógicamente en Uruguay. Fue una búsqueda muy trabajosa, aunque con la ayuda de Internet uno puede acceder a gran información y conectarse con archivos de museos, etc. También me planteé visitar algunos de los lugares más importantes: Lieja, donde arranca la historia, París, Lyon, en la Legión Extranjera, un lugar que es una misión militar pero pude entrar y acceder a documentos originales de las guerras del Norte de África. Y también en Rocha, que miré con otros ojos.
Usted aborda temas que aún son sensibles, ¿hubo un desafío adicional a la hora de plantearlo?
Es una muy buena pregunta porque es verdad. Hay una sensibilidad particular de un pueblo que fue brutalmente perseguido. Y al cual uno se aproxima 70 años después, fuera de ese contexto, y en mi caso sin ser una persona de origen judío. Y sí, podría existir el riesgo de que alguien cuestionara que abordara estos temas. Entonces sí, hay que ser particularmente cuidadoso. Y tratar de hacer el máximo esfuerzo por entender y ser ecuánime y no caer en simplificaciones. He tenido la satisfacción de que ha sido muy bien recibido por gente de origen judío que se ve reflejada en estas historias. Directa o indirectamente.
¿Cómo y con qué cree que el lector se sentirá identificado?
Hay un tema de sentimientos, la gente se siente muy cercana. Como que algunas de las situaciones que viven le podría haber tocado a ella. Hay cosas que me llaman la atención. He realizado muchas presentaciones, también en el interior, y en todos los lugares veo como una identificación, se emociona. Habla en primera persona. Y me reencuentra con lo mejor del Uruguay, con ese espíritu de sentir lo que le pasó a otro como propio. Cada uno encuentra una historia y se identifica, hay empatía con lo que le pasó a otro.
“Este libro me reencuentra con lo mejor del Uruguay, con ese espíritu de sentir lo que le pasó a otro como propio”
23/Jun/2016
Voces- por Mauricio Rodríguez